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VIAJE AL CORAZÓN DEL ATLAS MARROQUÍ

Octubre de 2023, un mes después del terremoto.

El viernes 8 de septiembre a las 23:15 hora local, un terrible terremoto sacudió gran parte del Atlas de Marruecos. También lo hacía a 80 km, en la imperial y bulliciosa ciudad de Marrakech.

Desde la comunidad de Mujeres en Bici, junto con la empresa Natur Trek teníamos programado el viaje a Marruecos para el 8 de octubre y muchas de las viajeras empezaron a preguntar si podríamos viajar o no un mes más tarde del desastre. Empezaban a llegar datos de los fallecidos y, tras pasar una semana, se confirmaba lo peor, más de 3000 personas fallecieron en el terremoto de una magnitud de 6’8 en la escala de Richter.

La primera vez que viajé a Marruecos, lo hice en 2008, lo hice en coche recorriendo gran parte del norte del país. Me gustó tanto que decidí que iba a ser un buen destino para hacerlo en bici. Así que en 2018 propuse el viaje a una empresa para conocerlo a pedales, como a mí me gusta.

Recuerdo la sensación de pedalear a la noche por el desierto, a la luz de la luna y las estrellas, mientras rodábamos por los caminos de arena junto a las siluetas de las dunas. Es una sensación que se debe vivir al menos, una vez en la vida.

No solo el desierto había dejado un gran poso en mí, sino también la hospitalidad y amabilidad de sus gentes. Así pues, no tuve ninguna duda, que era ahora, tras el terremoto, cuando más nos necesitaban a los turistas.

Marruecos es un país con una extensión de 446.550 Km2 y que cuenta con la gran cordillera del Atlas que lo divide por la mitad con varios picos de más de 4000 m, entre ellos la cumbre más alta del norte de África, el Toubkal. De ahí que sea un destino para muchos alpinistas. El país tiene al turismo como una gran fuente de ingresos dada la proximidad a Europa y ser tan diferente su cultura a la nuestra. Los idiomas oficiales son el árabe y el Bereber, aunque en algunas regiones se hablan también francés y español, ya que en 1912 estos países ejercieron un protectorado hasta que, en 1956 Marruecos consiguió su independencia. Marruecos es un país exótico para nosotros. El desierto, los dromedarios, los palmerales, la cultura bereber, su gastronomía y sus costumbres difieren tanto de la nuestra, que todo nos parece especialmente magnífico.

Atravesar el Atlas a ritmo de bicicleta te hace conectar con la inmensidad de las montañas. De pronto ves caminando a una señora con la cabeza cubierta por un pañuelo, la cara ajada y los ojos enrojecidos por el sol, caminando junto a un burro cargando un hatillo de ramas para la lumbre. Ves a pastores por caminos remotos, con las botas rotas de tanto patear y los labios agrietados por el viento. Al pasar por los pueblos los niños salen corriendo a tu encuentro pidiendo caramelos o bolígrafos, con la cara sucia y despeinados, ves a chicas jóvenes cargando a la espalda a su bebé camuflado entre los ropajes con la cabeza reclinada sobre la tela.

Es entonces cuando te das cuenta de las carencias que tienen. Un colirio, una crema del sol, unas gafas, algo de cacao para los labios o unos antiinflamatorios. Para ellos, que viven tan lejos de las urbes, conseguir esos productos les es tremendamente difícil.

Así es como viajamos  en Octubre del 2023 tras el terremoto. Grandes ascensiones que salvábamos por las carreteras del Alto Atlas, caminos de grava y arena bordeando las montañas vacías de vegetación y escaseando la vida en las cumbres.

Nuestro primer contacto con Marruecos lo tuvimos en Marrakech, la ciudad que nunca duerme. Nos dejamos perder dentro de la medina y la gran plaza Yemaa el Fna vigilada por la Mezquita Kutubia. Disfrutamos y escandalizamos a partes iguales de sus espectáculos casi circenses, encantadores de serpientes, amaestradores de monos, cantidad de puestos de comida caliente y frutas exóticas… bullicio y jolgorio hasta muy entrada la noche.

El primer día nos montaron las bicis en la furgoneta que llevaríamos de apoyo toda la ruta. Un guía local, un conductor y un cocinero nos iban a acompañar en este  peculiar  y divertido viaje.

Las etapas no era especialmente largas, rondaban lo 35 y 70 km, pero el desnivel para pasar de un valle a otro era lo que las endurecía. En alguna ocasión tuvimos la oportunidad de pedir sopitas y que nos salvaran un puerto subiéndonos  vehículos de apoyo.

En el viaje de aproximación a las montañas, pudimos ver las cascadas de Ouzoud, un precioso enclave cerca de la cordillera donde cae una gran columna de agua. En el paseo por el boque podemos encontrarnos con algunos monos de los cuales no debes fiarte ya que te roban la comida y salen disparados a todo correr.

Llegamos al valle de Ait Bouguemez, el valle feliz le llaman. Allí se respira paz y buenas vibraciones. La gente es trabajadora y cultiva la tierra con escasos medios. Han sabido aprovechar el agua de las montañas para mejorar el regadío poder cultivar muchos manzanos. Nos alojamos en un albergue familiar y degustamos por primera vez una sabrosa cena marroquí.

Al día siguiente empezaba nuestra primera etapa. Nos esperaba un puerto de 15 km que subimos por carretera. Al llegar al alto pudimos observar unas increíbles vistas de todo el verde valle. Mereció la pena el esfuerzo.

Ya en el alto, tomamos un camino de tierra que nos trasladó por un momento al lejano oeste. Terreno seco y escasa  vegetación, donde vimos a varias mujeres pastoreando rebaños de ovejas. En seguida llegamos a un pueblo donde nos esperaba una suculenta comida cocinada por los chicos de la agencia de viajes. La verdad es que hacía un gran equipo.

Tras la comida, seguimos la ruta con un nuevo alto que salvar. Y una vez más, llegar arriba y ver las vistas del nuevo valle nos quitó el aliento.

La bajada de más de 18 km nos dejaba en la localidad de Zahouia Ahansal, una aldea de adobe fundada en el siglo XIII, que cuenta  con abundante agua dulce y frecuentada por tribus nómadas. Es donde estaba la casa de nuestro guía Lahcen. Aquí  nos contó que conocía a muchas familias que lo habían perdido todo en el terremoto y que recaudaba fondos junto con todo el material que se pudiera prestar para ayudarles en estos malos momentos.

Pasamos los cinco días comido Tajín, ensalada marroquí, sopa harira, té y tortitas con mermelada. La comida no es muy variada, pero si miras a tu alrededor, puedes ver cuál es la razón. No hay supermercados, todo el alimento que consiguen es comprado en mercados rurales o traído eventualmente de las ciudades más cercanas que pueden estar a unos 200km.

La segunda etapa discurrió íntegramente por pistas de tierra. Es increíble la habilidad que tenía el chofer para conducir por esos caminos.

Se empezaba a notar la altura y el peso de los kilómetros. En el punto más alto de la ruta, pudimos contemplar una enorme y rojiza montaña de piedra caliza, le llaman la catedral, en la localidad de Taghia. Es un lugar increíble para personas amantes de la escalada. Tras un largo descenso disfrutando de las vistas, pudimos llegar al río para refrescarnos. Por la tarde hicimos una caminata en busca de una hermosa garganta.

El atlas es, a nivel geológico un enclave de gran valor, ya que se han encontrado restos de fósiles y vestigios  de otras eras. Este lugar es sagrado para todas las personas estudiosas de las rocas.

Aun nos quedaban unos kilómetros para llegar al albergue. Le decoración de éste nos  hacía recordar a la novela de las mil y una noches. Por la noche se podían ver las estrellas y la vía láctea con bastante nitidez.

Nuestra tercera etapa nos llevaría por una profunda garganta formada por el río Assif Melloul, en ligero ascenso a un pequeño pueblo del atlas llamado Anergí, muy popular también entre montañeros, moteros y todo tipo de turistas aventureros. Por el camino pudimos encontrarnos con niños que salían  corriendo  para recibirnos y pedirnos algún tipo de regalo. Caramelos, bolis o globos son de gran agrado para ellos.

La zona de es una tradición rural tan ancestral que aun puedes ver arados de madera tirados por mulas, escenas típicas de las familias bereberes de las montañas como  ir a buscar agua, lavar en el río, mercadear en el zoco, cargar los burros con hatillos de paja… Todo es tan rural y lejano, que no verás a ninguna mujer en los escasos bares del pueblo. Imagina sus caras al ver  llegar un grupo de 10 mujeres en bici.

La cuarta etapa la tuvimos que adaptar. Para poder salir del valle había que salvar un puerto de 10km con casi 1000 m de desnivel. Pero como siempre hay un plan b, hablamos con el guía para que nos facilitara un vehículo más  y pudiéramos quitarnos esa parte. En Marruecos si algo vas a poder hacer, es improvisar. En un abrir y cerrar de ojos, apareció un todo terreno donde nos metimos bien apretaditas para ascender el colosal puerto de montaña. El guía en ese sentido lo tenía claro, o todas o ninguna. Estoy deseando volver pero en bici de carretera para poder hacerlo. Es el paraíso de los puertos!!

Una vez arriba, comenzamos el ascenso.  Si, aún había más para subir, a los lagos de Tislit e Isli. Llegamos a unos 2400 metros de altura y frente a nosotros, se presentó un lago color  azul profundo. Cuenta la leyenda que en tiempos remotos, se secaron las fuentes de toda la región, excepto la de Imichil. La  tribu de los Ait Haddidu, y sus fracciones los “Ait Brahim” los “Ait Yazza” estaban enfrentadas entre sí y en continuas peleas, y decidieron hacer una tregua mientras durase la sequía, alternándose la aguada; así por la mañana cogerían agua los Ait Yazza y por la tarde los Ait Brahim. Pero un día una muchacha de los Ait Yazza llegó tarde y se encontró con un muchacho de los Ait Brahim, y como pasa en las leyendas, se enamoraron locamente. La oposición fue tan rotunda de ambas familias de la pareja, que llevó a la infelicidad de los amantes y era tanta su pena y su dolor que sus lágrimas salieron incontroladas dando origen a ambos lagos, que desde aquel día llevan sus nombres. Las familias asombradas del poder del amor, permitieron su matrimonio.

Esto si te lo cuentan a los pies del lago, con una buena comida marroquí y una suave brisa refrescando tus acaloradas piernas, es mucho más emotivo. Tras el almuerzo, bajamos al pueblo de Imichil, unos de los más habitados de la zona, casi podríamos hablar de ciudad, donde se celebra cada año una de las fiestas más importantes del país, El festival de la música de las cimas. Una fiesta que dura tres días y que tiene como objetivo el reencuentro de los pastores y nómadas bereberes llegados de todo el Atlas, para cumplir con sus obligaciones religiosas y luego, cantar, bailar y cerrar negocios de pastores.

Gracias  a la familia que nos alojó en su albergue, pudimos comprobar con nuestros propios ojos, pies y manos lo acalorado de la fiesta, ya que vino un grupo musical para mostraros  el folclore local después de una suculenta cena.

El día siguiente se presentaba complicado por la longitud de la etapa. Era la más larga sin duda, y el grupo ya estaba cansado, con lo que optamos por acortarla un poco. Nuevamente, el guía nos consiguió un autobús que nos trasladó al punto más alto de la ruta, para comenzar un descenso de más de 60km. Empezamos ciclando  por una meseta que fue dejándonos caer  poco a poco en un gran desfiladero. Las gargantas del Todra. Son unas de las mayores atracciones turísticas y espectaculares  de todo  Marruecos.

Es como una brecha que parece partir la montaña en dos, recordando al gran cañón del colorado,  con unas paredes de hasta 300 m de altura y tan estrecho en algunas zonas que llega a 30 m de lado a lado. Es sin duda otro paraíso para las personas a las que le gusta la escalada.

Pero lo más espectacular para nosotras fue, sin lugar a dudas, el gran oasis de o palmeral de Tinghir. Una gran mancha verde que recorre las orillas del río y que deja te deja boquiabierta. Enormes palmeras y todo tipo de vegetación en un vasto desierto como es el Atlas.

Esa tarde, tras la ruta, la pasamos perdiéndonos por la medina, regateando con los vendedores y escuchando el jolgorio de las plazas mientras degustábamos unos buenos dulces de la calle. Nos lo habíamos ganado.

Las rutas en bici habían terminado, no así el viaje, ya que nos esperaba una larga excursión en bus de unos 350 km hasta llegar al Marrakech.

Parecía que el día iba a ser largo, pero nada más lejos de la realidad.

Todo está muy bien programado y comenzamos visitando el valle de las rosas y una pequeña fábrica familiar  donde nos cuentan  todo el proceso de recolección, destilación y preparación de diferentes productos para vender, jabones de rosa, aceites, cosméticos, etc.

En una nueva parada llegamos a las puertas del desierto, la gran Kasbah de Ait Ben Haiddou, en la ciudad de Ouarzazate. Un auténtico museo de casas de adobe y antiguas murallas para la defensa de la cuidad ,descanso de los viajeros y nómadas  que acudían al desierto. Por el camino vemos puestos de venta ambulante de dátiles y otras exquisiteces.

Nuestra última visita fue la fábrica del aceite de Argán, otro bien para la mercadería, ya que se usa tanto para cosméticos como para alimentación.

Pero sin duda lo que más llamó nuestra atención en esta última parte del viaje, fue ver los estragos que había hecho el terremoto. Hasta entonces apenas habíamos visto nada en las zonas que recorrimos en bici. Fue al ir regresando a ciudad, mientras dejábamos atrás las  montañas cuando empezamos a ver los primeros retos de la tragedia.  Tiendas de campaña azules mientras reconstruyen sus casas en el mejor de los casos, pueblos debastados, grandes rocas  sobre los tejados, carreteras semi-cortadas… Esa última parte del viaje nos acercaba a la realidad del pueblo marroquí, apenas un mes después del terremoto. Un baño de realidad que te hace cuestionar lo frágiles que somos y lo mucho que nos necesitamos unos a otros.

Si tienes la oportunidad de viajar a ese país consulta con tus guías si les hace falta algún medicamento o bien de primera necesidad. Te lo agradeceran infinitamente.

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